III Apostemos. FIN

«Apostemos» Temporada III

Capítulo Final II

Andreas observó hacia afuera, a la pista de aterrizaje. Todos esos sujetos trabajando para nuestro despegue. Apuró la copa de espumante que nos alcanzaron y soltó un leve suspiro. Se veía pensativo.

Estábamos en la primera clase del vuelo número cinco con destino al aeropuerto de Atenas. La azafata daba su cansino monólogo sobre cómo debíamos abrocharnos los cinturones de seguridad y por dónde se encontraban las salidas de emergencia. Ja. Salidas de emergencia. Si el avión se hunde en el fondo del océano, ¿de qué valdrán las salidas de emergencia? Al igual que esos malditos chalecos salvavidas. ¿Quién tendría la certeza de que funcionaban? ¿Quién nos garantizaba su eficacia en una tragedia? Sin embargo simulé escucharla con mucha atención, aunque no escuchara ni una sola palabra.

No podía sacarme de la cabeza esas últimas palabras de mi hermanastro. Esas últimas palabras que se negó a decirme cuando estábamos en la casa, cuando aún había algo de tiempo… ¡Rayos! ¿Qué digo? Si Thomas me confesaba esto de frente, quizás me provocara algunas lágrimas y terribles ganas de abrazarlo y caer a sus pies, pero para nada hubiera cedido. Soy duro como una maldita piedra. No cedo ni con el peor huracán. Maldita sea mi testarudez.

El rostro de Andreas se volteó hacia mí. Lo observé por unos segundos en silencio. Él lucía preocupado, pero decidido en cierta forma.

— ¿Quién era? —Preguntó de nuevo. Lo miré con cara de no entender—. El llamado. Quién era—apuró.

— Ya te dije. Georg.

— ¿Qué quería? —Solté una risa nerviosa, intentando hacerme el incrédulo. Pero los nervios se anticiparon a mi respuesta. ¿Le había inventado algo al respecto? ¿Qué le dije cuando me preguntó con qué motivo me llamaba mi mejor amigo? O peor aún, ¿me lo había preguntado?

Su rostro reflejaba cierta impaciencia. Se estaba impacientando. Estaba tardando demasiada en dar una sencilla respuesta. Anda, Bill.

— Ya te dije, Andi. Me preguntaba sobre unos papeles que quedaron inconclusos. —Sus ojos no se despegaron de los míos. Me estaba incomodando—. ¿Por qué me estás mirando así?

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— Nunca me dijiste eso porque es la primera vez que te lo pregunto—dijo serenamente. ¡Mierda! ¡Me había pisado solo! —. ¿Por qué mejor no me dices quién era realmente?

— Andreas—corté ofendido. Pero en realidad estaba enojado conmigo mismo—. Por favor.

— Era Thomas, ¿cierto? —Negué en silencio y desvié la mirada hacia otro lado. La azafata servía una segunda ronda de espumante—. Era él—se respondió a sí solo.

— Piensa lo que quieras.

— ¿Quieres que piense en lo que quiero? —Pregunta retórica—. Genial. Te diré qué quiero pensar.

Se removió en su asiento con expresión enfermiza. Lo miré extrañado, sintiéndome un poco asustado.

— Quiero pensar en nuestra vida, juntos en Grecia, compartiendo cada día y cada noche. Quiero pensar en mí llegando del trabajo y encontrarte a ti, quizás con algunos hijos que adoptamos—su voz tembló un poco—. Quiero pensar en nosotros dos siendo totalmente felices, ajenos a toda esta mierda que nos rodeó por tanto tiempo.

— Andreas…—interrumpí cuando uno de los pasajeros, un hombre de unos sesenta años, aparentemente muy poderoso, nos observó algo molesto por los susurros violentos de mi pareja.

— ¡Cállate! —Esta vez fue un grito. Me tensé en mi lugar—. En pocas palabras, pienso en una maravillosa vida en nuestra maravillosa burbuja. —Fruncí el entrecejo—. Pero las burbujas se revientan, Bill.

— ¿De qué hablas?

— Esta burbuja reventó. Reventó ahora mismo.

Me quedé mudo un momento.

— No estoy entendiendo nada. Hace un momento estábamos bien, planeamos miles de cosas en el auto camino aquí. ¿Qué pasa ahora?

— Hay algo dando vueltas en mi cabeza desde hace algún tiempo—dijo más tranquilo, bajando varios niveles de su temperamento. Su mirada ya no estaba en la mía. Miraba hacia adelante, al computador portátil cerrado que tenía a su disposición frente a su asiento—. He sido un tipo muy ingenuo. Me tragué una maldita mentira desnuda ante mis ojos. —Hizo una breve pausa—. Ya no más.

— Andi…—Cuando quise tocar su mano sobre el apoya brazos, la alejó bruscamente.

— Ahora me toca enfrentarme contra mis propias palabras. —Giró su rostro nuevamente. Al mirarme, descubrí una lámina de lágrimas en ellos, volviéndolos más azules todavía—. Una vez dije que el amor verdadero acepta la felicidad del otro, aun cuando no la haya junto a uno. Bill…—Su voz tembló de nuevo—. No quiero hacerte una persona infeliz.

Sentí una punzada en el centro del pecho.

— No me vas a hacer infeliz, Andreas. No me obligaste a estar aquí. Si estoy por empezar una vida contigo es porque…

— ¿Por qué? —interrumpió bruscamente—. ¿Porque quieres? ¡Por favor! No me mientas más en la cara. Sé que estás aquí porque todo se fue de alguna manera de las manos. Las cosas pasaron muy rápido y ¡henos aquí! Pero tú no quieres esto. No quieres vivir conmigo, ni casarte, ni tener hijos. No quieres siquiera irte de Alemania. Y yo no quiero engañarme cada día—sentenció—. Ya fue suficiente, Bill. No te culpo por nada. Es más, agradezco que no seas capaz de lastimarme siquiera cuando te estás muriendo de ganas de salir corriendo por dentro. No eres el malo de la película por querer algo diferente. Pero estoy de más en tu vida.

— No digas eso.

Me sentía tan mal al verlo así, al borde del llanto. Había hecho tantas cosas para evitar llegar a esta instancia, y ahora se daba de la nada, el dolor fluía de él. Se estaba desbordando.

— De ninguna manera seré un bache para tu felicidad. Te amo demasiado como para ser algo semejante—dijo con la voz totalmente quebrada, pero todavía buscando estabilidad—. No quiero que llores—determinó penetrándome con sus ojos azules como el cielo—. Quiero que seas libre. Lo estoy decidiendo yo mismo. Quiero que este absurdo circo termine ahora mismo. Fue bonito al principio, cuando los dos queríamos por igual. Pero hubo un momento en la carrera en el que te saqué varios kilómetros de ventaja.

Bajé la mirada a mis manos, sin mirarlas en absoluto. Pero en el recorrido de mis ojos se cruzó un destello rojo que brillaba más de la cuenta con el rayo de sol que se metía por la ventanilla del avión. La piedra que Thomas me había regalado en la playa de Nueva York ya no era opaca. Ahora era un rojo carmín el color que lucía.

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— Así como la ves, opaca y apagada, tiene consigo el efecto de la sal del agua. Con el paso del tiempo, esta piedra perderá las capas oscuras y quedará al descubierto su centro rojo intenso. Esto no es un enigma, es simplemente físico. Pero para mí, cuando cambie su color será que… que te habrás enamorado.

— ¿Enamorado?

— Es linda historia.

— Me encanta. Juro que me encanta. Gracias.

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Parpadeé varias veces. No lo creía. Mi colgante se veía realmente hermoso. Era una señal.

— Si no te importa, yo sí quiero viajar y empezar desde cero en esa casa. Lo necesito. Cerca de ti no voy a poder hacer mi vida.

— Yo…—titubeé por la sorpresa—. Claro.

Pareció recobrar su impecable semblante de tipo duro que nada le duele. Ese papel le salía demasiado mal.

— Bien. Vete—soltó. Lo miré estupefacto—. Ya me oíste. Bájate del avión. Ve y sé verdaderamente feliz.

— ¿Estás seguro? —Pregunté y como respuesta, volteó su rostro hacia la ventanilla nuevamente. Asentí en silencio y me desabroché el cinturón. Me puse de pie tomando mi cazadora en el pequeño compartimiento del techo.

Esperé su cambio de decisión un momento, de pie en el medio del pasillo. Una azafata se me acercó desde la post-cabina

— ¿Qué hace, caballero? Vuelva a tomar asiento y a abrocharse el cinturón de seguridad, por favor—ordenó sutilmente la muchacha. Andreas la miró.

— El caballero no va a abordar el vuelo, señorita—dijo seguro. La muchacha me observó perpleja—. Surgió un inconveniente familiar, ¿verdad? —Me miró esperando a que afirmara. Simplemente asentí.

— En ese caso, acompáñeme por aquí—cedió amablemente la joven.

Me quedé de pie un momento más. Todavía no lo creía ni reaccionaba.

— Adiós Andi.

Sólo recibí un movimiento de cabeza y una sonrisa de lado.

— Caballero—llamó la muchacha junto a mí—, por aquí.

La seguí por el pasillo del avión hasta una de las puertas de emergencia.

La muchacha me acompañó hasta que me devolvieron mis maletas, y en un pequeño vehículo de remolque y transporte de equipaje me condujeron por la pista de aterrizaje.

Una vez dentro del aeropuerto, tomé firmemente mis maletas y me eché a andar entre la gente hasta que estuve al otro extremo. Después de algunos controles y rebuscadas explicaciones, ya estaba parando un taxi en la otra calle. Cargué mis valijas dentro y le indiqué mi destino. Eso. Mi destino.

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By Tom

Apuré la taza de café y la dejé vacía a un costado de todas las carpetas. Finalmente había terminado. Todo el trabajo atrasado estaba ahora organizado. Separado por fechas, como me había enseñado mi hermanastro. En carpetas de distintos colores dependiendo de la gravedad de la demanda. En distintas hileras dependiendo de qué abogado lo llevó adelante.

Ahora quedaba quizás la parte más cansadora por hacer, pero la final. Tenía que pasar lo que decían los papeles, a un informe virtual para tener una copia en la computadora, junto a los otros archivos. Tranquilamente podía pedirle a Tania que hiciera eso, pero andaba necesitando tener la cabeza ocupada en algo grande para no pensar.

Miré la hora en mi reloj de pulsera de nuevo. En ese momento Bill ya estaría realmente muy lejos de mí.

Sacudí mi cabeza y volví a ponerme de pie junto al escritorio. Seleccioné la primera hilera de carpetas y la acerqué a donde tenía mi notebook.

De pronto alguien llamó a la puerta. Maldije por lo bajo la imprudencia. ¿Qué parte de “que nadie me moleste” no se entendía?

— ¡Vuelva más tarde! —Grité molesto. No se escuchó respuesta alguna. Mejor, pensé.

Sin embargo, se oyó un débil chirrido molesto detrás de mí. ¡¿Qué carajos?! ¿Qué tipo de atrevimiento era ese?

Volteé mi rostro de inmediato hacia la puerta entreabierta. Estaba preparando un buen grito.

— ¿Yo también vuelvo más tarde?

Parpadeé reiteradas veces. Me encontraba perplejo. Una estúpida sonrisa apareció en mi cara y luego se borró. Miles de ideas me atacaron.

— ¿Qué…? —cuestioné en un siseo. Nada más salió. Estaba de pie en mi puerta. Oh mierda. Quizás había enloquecido por completo.

— Hola—saludó sonriendo inocentemente. Terminó de ingresar del todo y cerró la puerta tras de sí. Lucía algo cansado y agitado, como si hubiera corrido por llegar hasta allí.

— Bill—susurré incrédulo. Se aproximaba lentamente, paso a paso. Yo lo esperaba junto al escritorio y sentía que cada segundo eran miles. Una jodida eternidad.

— ¿Interrumpo? —Preguntó con esa hermosa sonrisa tan suya. Sólo negué.

— ¿Qué haces aquí? —Pregunté sin aire. Lo tenía enfrente de mí.

— No me voy.

Esa simple frase bastó para mí.

Me aferré a su cuerpo como un náufrago se aferra a la tierra después de meses viendo siempre lo mismo. Un desesperante paisaje, la inmensa soledad.

Él rodeó mi cuello como acto reflejo. Sentí un cosquilleo molesto y agradable que bajaba por mi espina dorsal.

Oí su suave risa en mi oído. Sonreí inconscientemente. Me sentía feliz.

— No lo puedo creer—susurré. Quizás me estaba esperanzando de nuevo en vano. Quizás Andreas lo estaba esperando en la recepción. Sin embargo, algo en mí gritaba sordamente que esta vez era definitivo y verdadero—. ¿Qué te hizo cambiar de parecer? —Pregunté alejándolo por los brazos, suavemente. Me sentía incapaz de soltarlo, de romper el débil contacto entre ambos.

— Yo no cambié de parecer—respondió serio—. Fue Andreas.

— ¿Andreas? No me lo creo.

— Ni yo—dijo sincero—. Pero aquí estoy, ¿no? —Reímos al unísono.

— Así que…—Arrastré las palabras sintiéndome nervioso. Sus ojos no me miraban así desde hacía tiempo.

Noté que sujetaba algo a la altura de su pecho. Miré sus dedos acariciando la piedrita que le había regalado en Nueva York. Lucía diferente.

— ¿Te acuerdas la historia? —Asentí sin poder esconder una sonrisa delatora.

Sin pensármelo, lo atraje por sus antebrazos hacia mí. Su boca chocó con la mía e inmediatamente comenzaron los desesperados movimientos.

Liberé sus extremidades y me apropié de su espalda. Lo abracé con fuerza mientras ladeaba mi cabeza y llegaba más lejos con mi lengua en su cavidad bucal. Él acarició los costados de mi cara. Me derretía de amor…

No quería que el beso acabara. Sensaciones hermosas revolucionaban mi cuerpo. Me encantaba. Me volvía loco. Me tenía totalmente a sus pies. ¡Maldito sea el amor, que es lo más hermoso del mundo!

Nos separamos cuando el oxígeno nos faltó. Un ruido húmedo finalizó nuestro beso.

Abrí rápidamente mis ojos para observar lo que tanto me gustaba de él. Quizás lo que más me gustaba de él. Y ahí estaban sus ojos cerrados, todavía disfrutándolo.

— Te amo—soltó.

— ¿Qué? —Pregunté incrédulo. Rió traviesamente.

— Te amo—repitió volviendo a repartir suaves caricias en mis mejillas—. Te amo, Thomi. Perdóname por…

— No—corté—. No lo arruines.

Sonrió. Volví a su boca, ahora más suavemente. Movimos nuestras bocas de forma lenta y pausada, saboreando con exquisito deleite.

— Yo también te amo, mi amor—susurré hablando contra sus labios—. Tanto amor me iba a matar si no te tenía a mi lado.

— Mi amor…—murmuró cerrando los ojos, continuando con las tiernas caricias.

— Aún no lo creo.

— Créelo. Estoy aquí. Me quedo. Podemos vivir juntos, empezar de cero. Ahora sí, no lastimaré a nadie—dijo haciendo referencia a Andreas. El rubio no había podido sacarse de la cabeza mis palabras. Yo lo sabía. Sembré una duda. Hice que se diera cuenta que estaba faltando a sus principios, a lo que él mismo consideraba respetar al amor, respetar al otro.

— Quiero empezar de nuevo. Quiero hacerme cargo de la parte del estudio que me corresponde. Lo sacaremos adelante juntos, como papá quería—determinó mirándome fijo—. Viviremos en nuestro departamento—dijo y fruncí el ceño. No pudo soportar la risilla que escapaba de sus labios.

— ¿Nuestro departamento? Bill, lo vendí para pagar la demanda.

— ¿Quién crees que lo compró? — Pellizcó mis mejillas y soltó una estrepitosa carcajada. M sonrisa se ensanchó y él entornó sus ojos hacia los míos.

— Eres increíble.

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Ambos se despertaron al mismo tiempo. Como si el día les propusiera un cambio radical. Afuera los esperaba un día hermoso y una vida realmente diferente a la que se avecinaba días atrás. Horas atrás.

Al voltear en la cama, el rostro de su hermanastro fue lo primero que vio. Sonrió inconscientemente, todavía inmerso en una especie de transe, sin podérselo creer.

Podía definirlo como un oasis en medio del caos que era su vida.

Lo acarició suavemente. Sintió y disfrutó de su piel bajo sus dedos.

Entendió, finalmente, que cuando un amor te corresponde, no hay nada que pueda apartarlo de ti. Cuando dos personas están destinadas, lo estarán en esta vida y en las que sigan. Sus almas estarán unidas por algún lazo invisible, imperceptible a los ojos. Sean cuales sean los caminos que esos individuos tomen o elijan seguir, sea donde sea que la vida los ponga, por alguna razón mística se encuentran y colisionan. Y ese choque, ese inevitable choque de dos almas, es simplemente maravilloso. Llena todo tipo de expectativa, borra cualquier clase de prejuicio y complejo. Elimina pretensiones, cura heridas, calma tempestades. Une.

— Buen día—susurró Tom después de varios minutos dejándose acariciar.

— Buen día. —Bill alejó su mano del rostro de su pareja y se estiró en la cama. El techo era otro, y eso lo alegró. Ya no estaba en su antigua casa, en esa que lo vio convertirse en hombre. Pero tampoco estaba viendo el techo que idealizó. Tenía la certeza que si giraba, volvería a encontrarse con su hermano, y no con Andreas. Andreas… Pensó en él y meditó un momento.

— ¿Qué ocurre? —Thomas, que todavía lo observaba embelesado, notó el cambio en su rostro.

— Pienso en que todo dio un giro inesperado.

— ¿Y eso es malo? —No respondió—. Mira, si te pones a pensar, merecemos estar aquí, así. —Bill volvió a mirarlo a los ojos—. Ambos pasamos cosas feas, ambos sufrimos por mucho tiempo. ¿Y qué? ¿Acaso íbamos a pasar el resto de nuestras vidas muriendo lentamente sin el otro? —Hizo una pausa y su voz sonó temerosa—. Porque yo me hubiera muerto en cuestión de días sin ti.

— No digas eso—dijo casi en una súplica y apartó la mirada.

— Es la verdad.

Thomas se sentó en la cama y lo miró desde arriba. Apartó algunos cabellos enredados del rostro de su hermanastro.

— ¿Te sientes culpable? —Éste se encogió de hombros—. Andreas hizo lo mismo que tú venías haciendo por él. Pensó en tu felicidad antes que en la propia. No puedes culparlo por eso.

Bill asintió en silencio y finalmente sonrió de lado.

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Tomaron un baño de dos y dentro de un ambiente totalmente jovial se vistieron con sus mejores trajes Etiqueta Negra y D&G para el primer día dirigiendo el estudio jurídico Kaulitz & Asociados.

Salieron del departamento tomados de la mano, con la seguridad de que nadie tenía idea de quiénes eran; y si lo sabían, poco les interesaba. Se metieron dentro del auto del menor y condujeron sin prisa hacia destino.

Ya no eran los mismos. Si Thomas se imaginaba solo, deprimido y viviendo una vida reiterativa en donde sólo interesaba el trabajo, hoy la vida lo sorprendía con una despreocupada sonrisa, al lado de la persona que amaba y que había temido perder.

Si William se imaginaba a kilómetros de distancia, actuando en una perfecta ficción, teniendo en común con Thomas sólo el mismo cielo, hoy la vida lo sorprendía haciéndose cargo del estudio, siendo él mismo al lado de su primer y único amor.

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Una vez en el estudio, Bill se vio libre de prender un cigarrillo mientras sus colegas ingresaban a la sala de juntas. Cada quien que entraba, le dedicaba una sonrisa o algún saludo afectuoso. Todos estaban muy contentos de la asociación de los herederos.

Georg primero en el lado derecho. Luego Lucas ocupaba el primer lugar en la parte izquierda de la mesa. A su lado estaba situada su pareja, Tania. Richael se sentó junto a Georg, acariciando su abultado vientre ya como un acto de reflejo. Éramos pocos, pero la familia se agrandaría.

— Buenos días a todos—habló Thomas en la cabecera—. Estoy muy feliz de dar inicio a una nueva era. Hoy, junto a mi hermano y socio, quiero dar varios anuncios que sin duda van a sacar adelante a Kaulitz & Asociados.

Bill le dio una profunda calada a su cigarro y luego lo apagó en el cenicero de vidrio que yacía a su disposición.

— En sus respectivas oficinas, dejamos los nuevos contratos, con una validez de tres años y un jugoso nuevo sueldo. —Se oyeron unos comentarios por lo bajo por parte de Georg. Bromas, seguramente. Bill le sonrió cómplice aun sin saber, pero él le correspondió igual—. También tengo los nombres de las nuevas incorporaciones.

— ¿Compañeritos nuevos? —Preguntó Georg frotando sus manos en plan salvaje. Todos rieron.

— Así es, Geo. Habrá algunas muñecas—respondió Bill y hubo más risas.

— Paso a leer los nombres. —Thomas carraspeó y abrió la carpeta que descansaba frente a él, sobre la mesa. Leyó—. Airala Josephine. Estudio Moura. Veintisiete años. —Giró la hoja—. Victoriano César. Estudio Morris. Treinta y dos años. —Volvió a pasar la hoja—. Proda Jules. Treinta años. Estudio contable Brandon. —Otra—. Handy Frintz. Primera experiencia. Graduado en Yale. Veintidós años. Es todo. —Cerró la carpeta y miró a cada uno—. ¿Qué les parece?

— Cuatro incorporaciones me parece justo—dijo Richael—. Estoy ansiosa de conocerlos.

— Digo lo mismo—agregó Lucas.

— Muy bien. En dos días los tendremos con nosotros—dijo nuevamente Thomas—, y en dos semanas le diremos “hasta luego” a nuestra colega aquí presente, que está felizmente embarazada.

— ¡Embarazadísima diría yo! —Exclamó el bromista del grupo.

— ¿Y ya sabes de qué sexo es, Rich? —Preguntó Lucas.

— Será un hermoso niño—respondió luciendo una sonrisa enorme en su rostro pequeño—. Y se va a llamar Bill, como su futuro padrino—Todos se quedaron atónitos. Todos menos los hermanos—. Tú sabes por qué.

— Es un honor para mí, Richael—expresó el susodicho al borde de las lágrimas. Se aproximó hasta ella, se puso de pie, y ambos se fundieron en un abrazo conmovedor.

Thomas soltó un suspiro de alivio. Las cosas empezaban con el pie derecho.

— Y el último anuncio que quería hacer, es sobre un asunto personal que deseo compartir con todos ustedes. Siquiera Bill lo sabe. —Tom carraspeó y en medio de un expectante silencio grupal, sintió ciertos nervios. Finalmente era el jefe. Era el presidente del estudio. Estaba de pie frente a sus colegas, quienes le brindaban su afecto y respeto. Se sentía completo—. A partir de mañana me llamaré Thomas Kaulitz Trümper.

Bill lo miró con ojos iluminados y palmeó su espalda con un afecto íntimo. Se miraron a los ojos y se lo dijeron todo. No hizo falta nada más.

— ¡Esa es una noticia espectacular, Trümper! —Exclamó Georg—. Perdón. Kaulitz.

Todos se pusieron de pie y comenzaron a aplaudirlo. Inevitablemente, los hermanos ya estaban llorando. Richael también soltó unas cuantas lágrimas que secó con disimulo. Todos sonreían, todos felicitaban a los hermanos. Todos se veían muy a gusto.

Efectivamente, era el comienzo de una nueva era.

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— Bueno Josephine, finalmente, esta es mi oficina—dijo Georg parándose frente a la puerta de su despacho. Una placa plateada rezaba “Georg Listing” grabado sobre el metal. Se cruzó de brazos y miró a la rubia algo altanero. Ésta le devolvió una mirada de desdén—. Cuando necesites algo, sólo pasa. Cualquier cosa. —Guiño. Ella soltó una risa burlona.

— No creo que lo necesite, Listing. En fin—acomodó entre sus manos las carpetas—, gracias por mostrarme las instalaciones, aunque no te lo haya pedido en absoluto.

— Vamos Jou, no seas tan dura.

— ¿Jou? —La rubia lo miró de arriba abajo, inexpresivamente. Se volteó para ir hacia su despacho.

— Oye, Josephine—llamó una última vez, algo resignado. La mujer se volteó antes de desaparecer detrás de la puerta—. ¿Te molesta si te invito a almorzar hoy? —Lo pensó un momento. Georg ya se estaba dando por vencido, pero ella sonrió por primera vez.

— Grilles Collins. Me gusta ese lugar—respondió. Se mordió el labio inferior y se metió a su oficina.

Cuando el pelilargo procesó la respuesta, festejó ridículamente en medio de la recepción, sin percatarse de Lucas, quien se aguantaba la risa.

— ¿Jugando lento, Geo?

— Así les gusta a las chicas.

— ¿Y qué fue eso, una especie de baile victorioso?

— Oye, tú no entiendes. Tania está loca por ti; yo estoy más solo que un perro bajo la lluvia. —Lucas palmeó su espalda y sonrió.

— Te veo bien con la nueva.

— ¿Tú crees?

— Confía. —Esas palabras de aliento sembraban en el lastimado corazón de Georg nuevas esperanzas. Sonrió y volvió a sus labores.

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Un año después…

Dejó caer una rosa color rojo carmín de un lado, y una blanca al otro. Miró ambas lápidas con una sonrisa. Su hermano se puso de pie después de susurrar algunas palabras para sí mismo. Se observaron en silencio un momento y luego el mayor fue a su par. Contemplaron en silencio las tumbas.

— Un año sin ti, papá—dijo el menor de los hermanos mirando la tumba de su padre. Luego, se dirigió a la de su madre—. Toda una vida sin ti, mami.

Se tomaron de las manos con fuerza. Bill miró este gesto y luego contempló el perfil de su hermanastro. Deshizo el contacto para abrazarse a su torso, buscando cierta contención. Thomas le correspondió rodeando su delgado cuerpo y permanecieron en silencio unos minutos más.

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Se sentó. Se paró. Camino unos pasos hacia la derecha. Giró. Hacia la izquierda.

— Tranquilo, Schäfer. Vas a gastar las baldosas. —bromeó con voz ronca el guardia.

Se detuvo cuando escuchó los tacones por el pasillo. Observó la puerta expectante, hasta que finalmente la breve y larga espera acabó con la aparición de la morocha con su hijo en brazos.

— ¡Hola! —Saludó la mujer con una radiante sonrisa en el rostro. Richael lucía un nuevo corte de cabello. Corto, hasta la mitad del cuello. Tenía algunos kilos más encima, ganados durante el embarazo. Sin embargo, lejos de esos prejuicios absurdos, a ella le sentaban increíblemente bien.

Su vestimenta también era distinta. Se había despojado de las polleras pegadas y las blusas escotadas para dar una imagen de madre.

La pareja se fundió en un beso apasionado de haberse extrañado tanto, mientras el pequeño Bill los observaba con expresión atónita.

Gustav volteó su rostro hacia él, sonriéndole y agudizando su voz.

— ¡Hola, mini Bill! —El pequeño soltó una risa de inmediato. Richael se lo cedió a los brazos de su padre, quien lo llenó de ruidosos besos.

— ¿Qué tal, Jorge? —Saludó la morocha al guardia, quien observaba la escena con ternura.

— Bien, señora Karrent. ¿Usted?

— Feliz de que sea sábado de nuevo.

La pareja tomó asiento en la mesa del salón. Gustav estaba embelesado contemplando a su hijo jugar con el rosario que colgaba de su cuello, fuera de la camisa blanca reluciente que se había puesto para la ocasión.

— ¡Qué hermoso eres, mini Bill!

— ¿Ini il? —repitió el niño.

— Ese eres tú—Una serie de cosquillas al infante y todos rieron—. ¿Cómo va todo? ¿Priscila? ¿Se recuperó de esa gripe?

— Sí, despreocúpate. Ya volvió al hospital a trabajar.

— Bien—Unas cuantas caricias y juegos al pequeño—. ¿Qué hay de los K?

— Muy bien. Recientemente Thomas ganó un juicio muy jugoso contra un falsificador de documentos del Estado. —Gustav sonrió.

— Finalmente cumplieron con su palabra, los desgraciados—dijo con cariño—. Sacaron adelante ese lugar.

— Honraron el apellido.

— Así es. ¡Oh! —Se removió un poco en su asiento y sacó algo de su bolsillo trasero. Se lo extendió a su mujer. Un reloj de pulsera—. Casi lo olvido. Esto es de Bill. Se lo olvido el fin de semana pasado. —Richael lo guardó en su bolso.

— ¡il! ¡il! —Gritaba torpemente el niño, aplaudiendo.

— ¡Sí! ¡El padrino Bill! —Respondió su padre.

— Le regaló un peluche gigante—comentó Richael.

— ¿Más grande que el que yo le regalé el mes pasado?

— Más grande. Y con melodía.

— ¿Melodía? —Bufó—. ¿Qué niño se entretiene con eso?

— Tu hijo—respondió riendo. Otro bufido.

El mini Bill, como lo llamaba su padre en honor a su mejor amigo, comenzó a parlotear mirando a sus padres intercaladamente, como quien explica algo de suma importancia. Usaba una determinación infantil tan curiosa y tierna, como divertida.

— ¿Tienes hambre, mini Bill?

— ¡Gustav! Te está contando cuando Bill le regaló el peluche con melodía—regañó Richael.

— ¿Qué carajos? ¿Todo eso dijo? Estos niños tienen que venir con subtítulos, maldita sea.

— ¡Cuida tu lengua! —Volvió a regañar. El susodicho se encogió de hombros.

— Tengo una buena noticia, amor—comentó aproximándose al borde de la mesa. La morocha hizo lo mismo, quedando a escasos centímetros de distancia. El rubio miró al guardia con recelo y bajó la voz—. Si sigo con la buena conducta que vengo adoptando, en lugar de estar un año más aquí, me rebajarán la pena a seis meses—susurró con una sonrisa enorme—. Libertad condicional.

— ¡Esa es una noticia maravillosa, amor!

— Así es. Seguiré con el tratamiento en casa, con ustedes. ¡Estoy feliz! —En respuesta, su pareja acunó su rostro entre sus manos y lo besó repetidas veces, produciendo ruidos que arrancaban carcajadas al niño.

— Te amo, Gus.

— Y yo te amo a ti, mi reina—respondió. Luego miró tiernamente a su hijo—. Los amo a los dos.

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By Bill

Acostado de lado en la cama revuelta, paseé la punta de mi dedo por su pecho. Él tenía los ojos cerrados, pero no dormía. Sus labios curvados en una sonrisa tranquilizadora me lo decían todo. Bajé suavemente hasta el principio de su estómago. Se contrajo por las leves cosquillas. Sonreí. Abrió sus ojos y me miró. Sus ojos castaños penetraban los míos.

Me removí bajo las sábanas y me acerqué para besarlo. Se dejó hacer sin tocarme, con sus brazos inmóviles a ambos lados de su cuerpo. Despacio, me subí encima de él. Todavía lo deseaba, todavía sentía esas pulsaciones internas que me pedían más de su piel, de su boca, de su cuerpo entero. Nuestras lenguas jugaron frenéticas en un beso sucio, pero verdaderamente hermoso. Mis manos se posaron sobre su pecho desnudo y así también mis uñas. Este gesto lo incitó a tomar el control de mis caderas y forzar un vaivén sobre él. Me dejé manipular, bajando los besos por su mentón. Expuso su cuello enterrando la cabeza en la almohada. Lo besé suavemente, succionando apenas con cuidado de no dejar marcas. Sus manos subieron por mi espalda, y su cuerpo se incorporó de un bote. Se sentó conmigo encima y pudo ahora besarme él a mí. Dejé que sus labios divagaran por mi pecho y sus manos me acariciaran.

Sin darnos cuenta, ya estábamos haciéndolo de vuelta. No hubo palabras, sólo miradas, gemidos y jadeos ahogados.

Cuando sentimos el orgasmo atacarnos, nos miramos fijamente a los ojos sin parpadear ni una sola vez, y gritamos con ganas. Fue maravilloso. Un auténtico éxtasis.

— Te amo—dijo pegando su frente a la mía.

— Te amo, Thomi. —Nos abrazamos con fuerza. Estuvimos varios minutos así, unidos. Nuestras manos acariciaban la espalda del otro. Oía su respiración calmarse, tornarse lenta de nuevo.

Lo miré. Él me miró. Fue directo, instantáneo. No necesitamos palabras. Ambos sabíamos qué sentía el otro sin necesidad de escucharlo. No necesité pedirle que me acariciara. Él lo hizo. No necesitó pedirme que lo besara. Yo lo hice. Era amor. El más puro amor.

No hicimos el amor. Él nos hizo.

— ¿Lo habías soñado así? —Preguntó cuando nos tumbamos en la cama después de toda una noche demostrándonos cuánto nos habíamos necesitado. Estábamos deseosos, sedientos. Y ahora la bella calma invadía la alcoba.

Me incorporé en la cama y me calcé unos jeans viejos para tapar mi desnudez. Tomé un cigarrillo y lo prendí. Le di una larga calada, me acerqué hasta el ventanal del cuarto, pensando que todos los problemas estaban demasiado lejos de mí. Lo miré y le sonreí de lado.

— Esto es mejor que cualquier sueño—respondí.

Dejamos que el silencio se hiciera parte de nosotros. Ambos callamos. Pensando quizás.

La ciudad apagada, sólo iluminada por los faroles y las luces destellantes de algunos locales. Autos transitando mudos. No escuchaba nada. Sólo veía. Estaba lejos de todo ese barullo. Estaba en mi burbuja. En una burbuja verdaderamente hermosa que jamás reventaría.

— Bill—volvió a llamarme. Me giré hacia él, que había abandonado la cama desarreglada y se acercaba al ventanal caminando descalzo por el piso de la alcoba. Semidesnudo, sólo con unos bóxers blancos.

Llegó hasta mí y me rodeó por detrás con sus brazos. Sonreí y dejé en un segundo plano el cigarro.

— Dime.

— Aquí y ahora, en nuestro departamento, viviendo nuestro amor sin tapujos ni prisas, sin tiempo… Quiero ponerle un nombre a todo esto. —Giré mi rostro hacia el suyo. Su mentón reposaba en mi hombro izquierdo. Él tenía una expresión relajada. Contenta, diría.

— ¿Qué nombre le pondrías? —Pregunté mientras acariciaba con suavidad sus brazos, sintiendo sus bellos erizarse con el roce de mis dedos.

— Felicidad.

Sus brazos me impulsaron a girar entre ellos. Quedé de espaldas a todo ese mundo exterior, sintiendo el frío del vidrio en mi espalda desnuda. Posé mis manos en su cintura y él las subió hasta mis hombros.

— Llamaré a este momento felicidad. —Nos sonreímos mutuamente.

Nos besamos de forma lenta.

Sí. Felicidad.

F I N

N/A: Bien… ¿Qué puedo decir? ¿Gracias? Es lo único que se me ocurre. Muchas gracias, no sólo por leer & dejar sus comentarios hermosos/alentadores/correctivos/críticos. Les doy las gracias por dejarme ser. No hay nada más hermoso que puede regalarte un ser humano, que la libertad de dejarte ser en todo momento.

Crecí muchísimo con esta historia. Día tras día, fue mi fuente de desahogo en la tristeza o bronca, fue mi fuente de alegría. Encontré en este fic una salida a lo diario. Amo escribir y amo leer. Y poder compartirlo con otras personas, es maravilloso.

Creo que con este fic alcancé mi objetivo principal. No quería que se tratara solamente de Bill & Tom, del twincest. Amo Tokio Hotel, pero debo admitir que en este ciclo eso fue sólo una excusa. Imaginé a dos abogados, a dos hermanos. Quise plasmar una historia siguiendo la temática de la página, pero sé que en más de una oportunidad se olvidaron de la banda en sí.

Logré ser impredecible. Cambiar el rumbo de la historia a cada momento. ¡Estoy feliz por eso! & más allá de que algunas estén conformes, o insatisfechas con el final, yo estoy contenta con el proceso. El final ya es inevitable, ¿no? Lo que verdaderamente importa, es el proceso. Como dice uno de mis cantantes favoritos: Lo importante no es llegar, lo importante es el camino.

Acá me despido de algunas. Gracias totales.

Buena Vida.

Fue muy lindo crecer con ustedes, chicxs. Los amo.

A este momento, yo también lo quiero llamar Felicidad 🙂

Chaaaaau!

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

2 comentario en “III Apostemos. FIN”

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