Notas: Basado en al canción de Mecano «Naturaleza muerta». Hay frases de la canción usadas en la parte donde se cuenta la historia de amor de los protagonistas
One-Shot TWC/TOLL de lyra
«Más allá del amor»
Corría una brisa muy fría que hizo que los dos amigos se estremecieran dentro del carruaje que les llevaba de viaje. Tenían que estar en la ciudad antes de que cayera la noche, o no podrían continuar hasta que fuera de día y cesara la tormenta. Sus ruegos no fueron escuchados y el chófer les comunicó a voz en grito que tendrían que para en el primer pueblo que vieran, y eso hicieron escasa hora más tarde.
Calados hasta los huesos, se bajaron del carruaje y cogiendo su equipaje entraron en la posada. Todo estaba a oscuras, no se veía un alma. Eran las 4 de la madrugada y el posadero les atendió con cara de sueño. Les dio una habitación para los dos y volvió a la cama en donde le esperaba una doncella medio desnuda.
—Vaya modales—resopló uno de los dos amigos.
—Venga, que no es para tanto—le consoló el otro—No es al primera vez que compartimos habitación, ¿qué puede salir mal?
Cuando llegaron a la habitación que les tocaba, su gesto cambió de inmediato.
—¿Qué más podía salir mal?—gruñó de nuevo el de antes—¿Qué te parece que solo haya una maldita cama?
—Vale, vale….antes solo te preocupaba que roncase—murmuró entrando.
—Estoy cansado, no me hagas caso—se disculpó—Tratemos de dormir, mañana estaremos por fin e nuestra casa y olvidaremos este largo y tedioso viaje.
Pero de nuevo, sus ruegos no fueron escuchados. A la mañana siguiente seguía lloviendo a cántaros y una de las ruedas del carruaje se había salido. Tardarían dos días en arreglarla, y hasta entonces estaban encerrados en ese minúsculo pueblucho.
Decidieron ir a dar un paseo bajo la lluvia, tratar de que así se calmasen los ánimos. Era un pueblo costero y enseguida llegaron a la playa. Sonrieron al ver el mar, con toda su furia atacando la indefensa orilla. Las olas de más de 5 metros rompían contra las rocas, que se hundían sin remedio para aparecer luego más tarde llenas de algas.
Hubo una en particular que les llamó la atención, vista desde lejos parecía la silueta de una persona, sentada en la playa como si estuviera esperando algo…o a alguien…
Cansados de estar bajo la lluvia y calados de nuevo hasta los huesos, echaron a correr a una pequeña casita que vieron a los lejos. Llamaron a la puerta y la mujer que los abrió les invitó en el acto. Les hizo pasar a la cocina y sentarse al lado del fuego que ardía en la chimenea. Les dio unas toallas y mientas se secaban el pelo les preparó un té bien caliente y unos bizcochos recién hecho.
—Tómense el té de inmediato, así entraran en calor—les ofreció con una sonrisa.
—Muchas gracias. Por cierto, me llamo Georg y él es mi mejor amigo, Gustav—se presentaron.
—Los extranjeros que llegaron en mitad de la noche—dijo la mujer sonriendo.
—Vaya, se ha enterado ya todo el pueblo—murmuró Gustav.
—Aquí no hay secretos—contestó la mujer.
De repente un rayo iluminó la oscura cocina y u trueno hizo que los dos amigos se estremecieran. A lo lejos, escuchaban el rugido del mar embravecido.
—Un buen sitio para vivir—bromeó Georg.
—Antes si lo era, pero desde que el mar se volvió así de agresivo….—dijo la mujer dejando la frase a medias.
—¿De qué habla?—insistió Gustav,
La mujer miró por la ventana, como si temiera ser escuchada. Se acercó al banco en donde descansaban los dos amigos y se arrodilló en el suelo para estar a la atura de ellos, para contarles un secreto.
—Hablo de los Kaulitz—susurró.
—¿Los Kaulitz?—repitió Georg en voz muy alta.
La mujer se llevó un dedo a los labios al mismo tiempo que resonaba otro relámpago.
—Nunca mencionamos sus nombres en voz alta, el mar lo oye y se enfada—le riñó la mujer.
—¿Y por qué se debería enfadar el mar?—preguntó Gustav siguiéndola la corriente.
—Por Bill—contestó la mujer como si fuera lo más normal.
—¿Bill?—repitió otra vez Georg, esa vez en voz baja.
—Bill Kaulitz. Él y su hermano Tom vivían en una pequeña cabaña que había cerca de al orilla, ahora ya en ruina—les explicó la mujer en voz baja.
—Un poco alejados del pueblo, ¿no cree, señora?—preguntó Georg.
—Así lo querían ellos, y así no molestaban con su presencia—contestó.
—¿Y por qué iban a molestar? ¿Es que tenían alguna deformidad o algo parecido?—preguntó con curiosidad Georg.
—Eran hermanos—contestó la mujer.
—Si, eso ya nos lo ha dicho—intervino Gustav.
—Y se amaban—susurró la mujer al mismo tiempo que caía un rayo.
—¿Quiere decir que se querían mucho?—preguntó Georg sintiendo un escalofrío.
—No, digo que se amaban….de una forma que era mal vista—insistió la mujer—Todo el pueblo lo sabía, no se escondían ni nada. Hasta que un buen día, Tom desapareció y el pobre Bill….
—¿Qué?—preguntaron Georg y Gustav a la vez.
—La versión oficial fue que se suicidó tirándose al mar, el mismo lugar en el que murió Tom, aunque yo y muchos más pensamos que murió de amor.
—¿Tom se ahogó en el mar?—susurró Georg.
—Si, aunque también hay gente que afirma que fue el propio mar quien se lo llevó, porque estaba celoso.
—¿Celoso?—repitió Gustav arrugando la frente.
—De Tom, porque tenía algo que le pertenecía.
—Bill—murmuró Georg.
No había salido el sol, y Bill y Tom ya deshacían ya la cama.
Tumbado sobre su hermano, Bill suspiraba echándole el aliento sobre su desnudo pecho. Se incorporó sin separar ni un milímetro sus sexos, que se frotaban entre jadeos. Se sentó a horcajadas poniendo las piernas a ambos lados de su cuerpo. Bajó una mano y cogiendo el miembro ajeno poco a poco lo introdujo en su cuerpo sin apartar los ojos de los de Tom. Una vez dentro del todo apoyó las manos sobre su pecho y comenzó a mover las caderas de atrás a adelante, sonriendo al sentirle entrar y salir de su cuerpo.
Se mordió los labios al mismo tiempo que Tom aumentaba el ritmo de las embestidas, levantando una mano y acariciando su mejilla. Siguieron moviéndose al mismo compás hasta que con una suave embestida le sintió derramarse en su interior mientras que él lo hacía sobre su estómago.
Exhalando un hondo suspiro, se dejó caer sobre su agitado pecho, tratando de recobrar el aliento perdido.
Tom sonrió al escucharle suspirar. Le acomodó mejor sobre su pecho al mismo tiempo que salía de su cuerpo, y cogiendo una esquina de la sábana medio caída le tapó para que no pasara frío.
Mientras, fuera de la casa el mar rugía embravecido, hacía que sus olas llegasen a medir más de 5 metros, atacando sin piedad todo lo que se ponía por medio.
Ajeno a su comportamiento, Tom suspiraba al tiempo que subía una mano.
—En unos minutos me tengo que ir, mi amor—murmuró acariciando su frente.
—No te vayas—susurró Bill enterrando la cara en su cuello.
—Bill, ya ha amanecido y tengo que ir a pescar—dijo Tom con pesar—Tengo que traer algo a casa para comer, y no creo que el mar arroje los peces directamente a la mesa.
—Me da miedo—susurró Bill de nuevo.
—¿El qué, mi amor?—preguntó Tom.
—El mar—contestó Bill alzando la cara—Escúchale, hoy está más furioso que nunca.
—Es solo agua, Bill. No me hará nada—le tranquilizó Tom.
Bajó su mano desde la frente en la que aún estaba y cogiéndole por la barbilla le atrajo a sus labios, besando los suyos muy despacio.
Finalizado el beso, se escabulló bajo su cuerpo y se levantó desnudo. Mientras se vestía Bill le observaba desde la cama sin quitarle los ojos de encima, sin perder en ningún momento la sonrisa.
Una vez ya puesto los pantalones y la camisa, Tom se sentó en la cama para atarse las botas, momento que aprovechó Bill para incorporarse y acercársele. Le puso una mano en el cuello y le atrajo por él, acercándose a su oído, susurrándole cuanto el quería y le iba a echar de menos.
—Yo también te quiero—dijo Tom sonriendo.
Le dio un último beso de despedida y se levantó de inmediato, pero Bill le pidió que le esperase. Quería ir a la orilla a despedirle. Se vistió con rapidez y una vez listo bajaron a la playa cogidos de la mano.
Por el camino no vieron a nadie, era muy temprano y los otros pescadores trabajaban en otra parte de la playa. Ellos ocupaban esa porque era muy solitaria, ideal para sus planes…vivir juntos sin que nadie les molestase.
Llegaron a la orilla del mar, en donde la pequeña barca que usaba Tom para pescar esperaba mecida por el mar. Dejando dentro sus aparejos, Tom se volvió y rodeando a su hermano por la cintura le estrechó con fuerza entre sus brazos.
—Dame un beso amor y espera quieto junto a la playa—le pidió.
Bill asintió y le besó en los labios, gimiendo contra los suyos cuando un escalofrío le recorrió el cuerpo. Al momento se oyó un trueno a lo lejos, que los hizo separase de inmediato.
—No vayas, por favor—suplicó Bill aferrándose a su cuerpo.
—Bill, mi ángel—le consoló Tom besándole el pelo.
Esperó unos minutos hasta que le sintió dejar de temblar. Le besó en la húmeda mejilla frunciendo el ceño. Su hermano lloraba, y era culpa suya.
—Espérame en la playa—repitió de nuevo—Vendré antes de que comiences a echarme de menos.
—Ya te hecho de menos. Tengo el presentimiento de que no voy a volver a verte—susurró Bill con miedo.
—Solo es una tormenta, se está acercando y cuando quiera estallar ya estaré en casa entre sus brazos—dijo Tom sonriendo.
Incapaz de hacerle cambiar de opinión, Bill suspiró y dándole un último beso se despidió. Le vio subir a la barca de un salto y comenzar a remar mar adentro. Miró con miedo esas olas que amenazaban con tragarse la pequeña embarcación, pero Tom era muy valiente y las sorteaba con una sonrisa en los labios, como si nada….como si no escuchara el rugido del mar embravecido.
Pero Bill si lo escuchaba, era como si le hablara…y no le gustaba nada lo que estaba diciendo.
“¡Maldito pescador! Despídete de él, no quiero compartir su corazón”
—Bill cumplió su promesa, no se movió de la playa ese día, ni esa noche. Ni los días que le siguieron a pesar de que estalló una fuerte tormenta—siguió contando la mujer.
—¿Qué pasó?—preguntaron Gustav y Georg a la vez.
—La gente del pueblo le veía a la orilla del mar de pie quieto, con el pelo húmedo cayéndole por la espalda. Le llamaban pero él les ignoraba. Nunca antes se preocuparon por ellos y en esos momentos solo había una voz que quería escuchar: la de su amado hermano, que jamás regresó.
Un trueno le hizo callarse y tragar saliva con esfuerzo. Carraspeó y siguió con su historia.
—¿Han visto esa roca que hay al orilla misma del mar?—preguntó a los dos amigos.
—Si, esa que parece….—contestó Gustav dejando la frase sin terminar.
—Dicen en el pueblo que esa roca blanca es Bill. Cubierta de sal, y de coral, lo espera en la playa—susurró al mismo tiempo que cayó un trueno.
Volvieron la vista hacia la ventana. Desde ella veían a duras penas el mar, con sus olas bien altas, como arremetía una y otra vez con esa roca blanca, como si la hablara en su lenguaje.
«No esperes más ángel de piedra, Tom no va volver, le tengo preso, por no querer cederle a tu corazón».
—Un buen día, encontraron a Bill caído en la arena. Su corazón había dejado de latir, tenía una mano puesta en el pecho y las mejillas bañadas de lágrimas—siguió contando la mujer en voz baja.
—¿Qué hicieron con él?—se atrevió a preguntar Gustav.
—Lo descubrieron unos muchachos, que corrieron al pueblo a dar la voz de alarma—les explicó—Pero para cuando quisieron llegar, su cuerpo ya no estaba.
—Se lo había llevado el mar—susurró Georg.
—Enseguida dijeron que se había desmayado tras varios días sin moverse ni comer—dijo la mujer con tono duro—Y que se despertó tras la marcha de los muchachos, arrojándose al mar al ver que su hermano no estaba ni volvería a estar a su lado nunca más.
—Eso es muy triste—suspiró Gustav.
—Pero no todos pensamos igual. Yo digo que murió de pena—sentenció la mujer—Incluso hay gente, que asegura, que cuando hay tempestad, las olas las provoca…Tom luchando a muerte con él mar…
Un nuevo relámpago les hizo sobresaltar. Miraron de nuevo por la ventana. Olas de más de 5 metros se alzaban amenazando con engullirlo todo a su paso.
—Pobrecillos—murmuraron Georg y Gustav a la vez.
Siguieron en la casa de esa buena mujer hasta que la tormenta se calmó transformándose en una fina lluvia. Decidieron egresar a la posada, antes de que arreciara de nuevo.
Llegaron y subieron a su habitación. Se cambiaron de ropa y bajaron a cenar, sorprendidos de ser los únicos huéspedes.
—No recibimos muchas visitas—les informó el posadero mientras les servía al cena.
—¿Y eso? Es un pueblo muy bonito—dijo Gustav.
—Y lleno de fantasmas—les dijo el posadero en voz baja.
—¿Bill y Tom?—inquirió Georg.
—¿Y han oído hablar de ellos?—preguntó sonriendo.
—Si—contestó secamente Gustav, sin gustarle para nada su fea sonrisa.
—Dos hermanos que se amaban, ¡menuda locura! Eso solo podía terminar en tragedia…y encima un suicidio de por medio….locos, enfermos…—murmuró dejándolos cenar a solas.
Y eso hicieron lo más deprisa que pudieron. Querían acostarse cuanto antes y que el nuevo día llegara de una vez por todas, querían abandonar ese pueblo en el que ni ellos serían felices nunca jamás.
Subieron a acostarse, pero de nuevo estaba lloviendo, y con más fuerza que antes. Se asomaron a la ventana, los relámpagos iluminaban el cielo y les ofrecían una buena vista de la playa.
Pero, los ojos de Georg vieron algo más. Sonrió y se giró mirando a Gustav.
—¿Qué?—preguntó el aludido alzando una ceja.
Sin decir nada, tomó su cara en las manos y se acercó a sus labios, besándolos muy despacio.
—¿Y esto a qué viene?—preguntó Gustav tras el beso—Creía que no te gustaba que mostrásemos nuestros sentimientos en público.
—Estamos en privado, y no quiero esconderme como ellos—susurró Georg sonriendo—Quiero que el mundo entero sepa lo mucho que te quiero.
—¿Qué te ha hecho cambiar e opinión?—preguntó Gustav estrechándole en sus brazos—Fue la historia que nos contaron de Bill y Tom Kaulitz, ¿verdad?
—No—negó Georg suspirando—Fueron ellos mismos en persona.
—¿Cómo?—preguntó Gustav pensando que se había vuelto loco.
—Allí, en la playa—contestó señalando la ventana—Ahí están los fantasmas de los que el posadero nos hablaba.
Sin dejar de abrazarle, Gustav se acercó más a la ventana. Todo estaba oscuro, no veía nada,…pero entonces otro relámpago iluminó el cielo y por unos breves segundos les vio, y sonrió…
Rodando sobre la fina arena, muy cerca de la orilla dos cuerpos se movían al compás de las olas. Por muy raro que pareciera, la luna no estaba oculta por las negras nubes que les persiguieron durante todo el día, y gracias a ellas destacaba sobre la arena una melena larga rubia como con trenzas y una morena lisa y perfecta.
Sobre la fría arena, dos cuerpos desnudos retozaban dándose calor….
A horcajadas sobre su hermano, Bill no dejaba de llorar mientras le llenaba de besos su desnudo pecho. Sentado en su regazo, bajó una mano y le hizo entrar en su cuerpo despacio. Al compás de las olas, sus caderas se movían mientras hacían el amor bajo la luna llena. Y cuando el orgasmo les atravesó, separaron los labios gritando su amor bien alto, su grito fue como un trueno caído del cielo sobre un mar embravecido…
“Que el mar nos escuche…que vea que no ha podido separarnos, que nuestro amor es infinito,…que ni la muerte logrará que dejemos de amarnos”
F I N
